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Nunca he sabido cómo empezar una carta y esta, me temo, que no es ninguna excepción…

Tal vez podría poner un “hola, te quiero amor”, porque al fin y al cabo esta es una carta de amor, pero lo cierto es que conozco mil formas distintas de decirlo y ninguna de ellas es tan directa ni tan poco imaginativa. Eso te lo dejo a ti, que para eso eres el pragmático, yo, como siempre decías, soy la soñadora y eso hago, soñar con que puedo escribirte la más tierna carta de amor, soñar con que no serán solo palabras que quedarán en el olvido, soñar que tú llegarás a leerla… como si soñando pudiese arreglar todos y cada uno de los obstáculos que nos separan.

Pocos son capaces de decir el momento exacto en el que nace el amor entre dos personas, yo nunca he dudado de cuando ni como ocurrió porque guardo en mi corazón cada instante que pasé a tu lado. Atesorados en mi memoria, tal y como hice con los pasajes de mi novela favorita o con los versos de los libros que he memorizado tan solo para poder deleitarme con el sonido de sus palabras al rozar mis labios… y sin embargo nunca supe ver cuan grande era nuestro amor.

Era feliz a tu lado, tan feliz que casi podía palparlo con la punta de mis dedos cuando me besabas y me derretía entre tus brazos presa de tu ímpetu, de tus arrebatos e impaciencia.

Ardíamos cuando estábamos a solas, pero era entre la multitud cuando me sentía esclava de tus miradas furtivas, miradas que me penetraban el alma y que sin palabras me hacían entender todo lo que pensabas cuando me mirabas a los ojos y te deleitabas con su brillo y yo me sentía plena con tan solo sentir tu sola presencia. Tal vez porque, aunque no pudieras hacerme tuya en ese instante, yo nunca necesité que me tocaras para sentirte… siempre te sentía muy cerca de mí, siempre te sentía conmigo.

Adoraba oírte decir que eras mío, aun cuando nunca te lo había pedido… y sí, yo también era tuya, me entregaba a ti con los ojos cerrados, con la piel temblorosa y los labios encendidos por el deseo.

Pero tú si me lo pedías, “dime que eres mía…” y yo te susurraba que lo era y tú me apretabas con fuerza envolviendo mi cuerpo con tu cuerpo como si de un tupido manto se tratase, hasta que me costaba respirar y me sentías gemir extenuada en tu pecho y mis uñas se clavaban en tu carne.

Dime que eres solo mía y yo sonreía…

Eras como un niño… Y sí, yo era solo tuya.

Notaba el miedo en tu voz rota, notaba como te temblaban los labios y yo solo deseaba colmarlos con los míos y arrancar de ellos todo ese temor que te embargaba y que te hacia brillar la mirada….

Nunca entendí ese miedo, aunque de hecho nunca alcancé a comprender tantas cosas que te aterraban…. Sabía que temías que cerrara los ojos cuando te besaba y te preocupabas cuando mis besos duraban menos de 5 segundos como si el tiempo pudiera medir cuanto amor hay en un beso.

Pero por mucho que abría los ojos y te diera los besos más largos, tus miedos no pasaron.

Hasta que un día fui yo la que tuvo miedo… y entonces te comprendí.

Recuerdo aquel día amenazado por una temible tormenta, azotando los ventanales de mi dormitorio mientras nos envolvía la obscuridad, obligándonos a refugiarnos bajo las mantas como si fuera el final del mundo, aunque lo cierto es que en lo más profundo de mi ser y siendo sincera conmigo misma, sepa que había un insultante sol y que la luz lo llenaba todo con su luminosidad cegadora.

Pero ese día yo tenía miedo, fue la primera vez que temí perderte y en mi interior solo encontré oscuridad y una tortuosa tempestad que me dejaba sin aliento….

Nunca creí que viviría una historia de amor como la de Romeo y Julieta, tal vez porque morir de amor ya no se lleva. Pero cuando la vida nos castigó con la distancia, comprendí que era de verdad el miedo.

Tuve un miedo atroz y las palabras parecían ahogarse en un mar de lagrimas contenidas, en un millón de silencios que amenazaban con romperse en mil pedazos y destrozarlo todo con sus afiladas esquirlas… sí, tuve miedo a perderte y jamás estuve mas asustada en mi vida, porque por un momento, fui incapaz de imaginar mi vida sin ti…

Mi vida, lo digo como si fuera mía, pero no lo es, nunca lo fue de hecho, no desde que decidí entregártela aunque yo no lo supiera. Mi vida…. Algo que pronto comprendí que no era lo mismo que seguir respirando.

  Recuerdo aquel día, porque fue la primera vez que te dije te quiero, no como lo había dicho hasta ese momento, intentando demostrarte mi cariño con palabras, cuando nunca había sentido ese desasosiego… hasta ese momento, el amor era algo que me hacia soñar y sonreír, pero pronto aprendí que te amaba más de lo que jamás había amado a nadie en mi vida, lo supe porque dolía, porque lo sentía en el pecho, con cada latido, con cada respiración y estaba aterrada.

Duele cuando te das cuenta, de que ya no eres dueña de ti misma, cuando tu amor te domina y te hace esclava y solo puedes respirar el aire que él te da y exhalar el aire que él te quita… Duele cuando comprendes que ese amor puede matarte y te desesperas….

Jamás olvidaré ese día, porque ese día comprendí que esos 5 segundos de menos que duraban mis besos, eran los 5 segundos en los que tu morías… porque yo era tu vida, al igual que tú eras la mía.

 

                               Por siempre tuya…

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